SERIE UNICIDAD 2 16 agosto/26
La unicidad es la cualidad de ser único, indivisible y sin igual. Aplicada a la teología, expresa que Dios no solo es uno en cantidad (monoteísmo), sino que es absolutamente singulár, supremo y de una naturaleza indivisible, sin rivales ni equivalentes en el universo.
Versículos que justifican la unicidad de Dios
-
Deuteronomio 4:35
"A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él."
"A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él."
-
Isaías 45:5
"Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí.
-
Marcos 12:29
"Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es."
- 1 TIMOTEO 1:17 RVR1960
[17] Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén
-
1 Timoteo 2:5
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre."
"A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él."
- Isaías 45:5 "Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí.
- Marcos 12:29 "Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es."
- 1 TIMOTEO 1:17 RVR1960
- 1 Timoteo 2:5 "Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre."
[17] Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén
«Un Solo Dios, Un Solo Creador, Un Solo Señor: La Llamada a la Obediencia Total»
Introducción:
El Dios de la Creación y de la Redención
Cuando contemplamos los cielos y la tierra, vemos la marca inconfundible del creador: poder, sabiduría y una voluntad soberana.
La doctrina de Dios no puede separarse de la creación, porque el Dios que creó todas las cosas es el mismo que tiene el control absoluto de nuestra existencia.
Ese mismo Dios de la creación es nuestro Redentor. Cuando miramos la historia del Éxodo, vemos a Jehová actuando a favor de su pueblo Israel, sacándolo de la esclavitud de Egipto, haciendo un pacto de amor con ellos y dándoles una identidad santa.
Los profetas del Antiguo Testamento lo dejaron grabado para siempre en la piedra de la verdad: fuera de Jehová no hay Salvador (Isaías 43:11).
Esta verdad gloriosa prepara nuestro corazón para comprender la centralidad del Nombre que está sobre todo nombre.
El Nombre de Jesús significa literalmente «Jehová Salva». Cuando el Dios del Antiguo Testamento se manifestó en carne, vino con el único Nombre que tiene poder para perdonar, sanar y rescatar a la humanidad.
1. La Unicidad de Dios y el Rol de Jesús como Señor
La unicidad de Dios no es una simple teoría matemática para responder a la pregunta «¿cuántos dioses existen?». La unicidad responde a una pregunta mucho más profunda y personal para tu vida diaria: «¿Quién gobierna tu corazón?».
Si Dios es absolutamente Uno y es el único Señor de los cielos y la tierra, nuestra fe no puede estar dividida entre lealtades contrarias.
La Iglesia apostólica confiesa «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Efesios 4:5), porque servimos al único Dios verdadero revelado plenamente en Jesucristo.
Jesucristo no es solo nuestro Salvador para librarnos del infierno; Él es el Señor (Kyrios) que reclama autoridad absoluta y obediencia sobre cada área de nuestra vida.
2. El peligro en las bancas: Creer que Jesús es Dios, pero no vivirlo como Señor
3. La Roca de la Obediencia vs. la Arena de la Religiosidad
En el Sermón del Monte, el Señor Jesús dejó al descubierto la falsa religiosidad en Mateo 7:21:
«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.»
Podemos cantar hermosas alabanzas, conocer los textos bíblicos de memoria y tener una doctrina intachable, pero si no hay obediencia a su Palabra, nos encontramos en un terreno muy peligroso.
Jesús continuó en Mateo 7:24:
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.»
Hermano, hermana, niño o joven: es infinitamente mejor obedecer que simplemente hablar.
La obediencia es la prueba real de que confiamos en que Jesucristo es el único Dios y el único Señor de nuestras vidas. La persona prudente no es la que solo escucha o debate doctrina, sino la que toma la Palabra y la pone por obra todos los días.
4. Una advertencia amorosa y firme
El Evangelio es una invitación de amor, pero también un llamado radical a la verdad. La Palabra de Dios nos enseña en Juan 8:21 y 24 y en Juan 3:18 que si no creemos que Jesucristo es el «Yo Soy» —el mismo Dios del Antiguo Testamento— moriremos en nuestros pecados.
Pero hoy el Señor añade a nuestro corazón: no basta con creer intelectualmente quién es Él; hay que rendirse a su Señorío. Un creyente que confiesa la unicidad de Dios con la boca, pero vive en desobediencia voluntaria, está construyendo su casa sobre la arena. La verdadera fe apostólica transforma la conducta, santifica la vida y somete todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
5. Llamado a la Obediencia Total y Oración de Rendición
Iglesia querida, hoy el Espíritu Santo nos llama a dar un paso definitivo. Es el momento de derribar toda altivez y todo ídolo de autosuficiencia.
- Confiesa a Jesucristo como tu único Dios y Salvador: Reconoce que el Creador del universo vino en carne para salvarte de tus pecados.
- Ríndete a su Señorío absoluto: Entrégale el control de tu vida, tu casa, tu trabajo, tu cuerpo y tu futuro. Que tu respuesta ante su Palabra sea siempre: "Sí, Señor".
- Decídete a obedecer hoy: Cambia la religiosidad de palabras por la firmeza de la obediencia diaria.
Oración de Entrega
(Te invito a ponerte de pie o a doblar tus rodillas ahí donde estás, y digamos juntos con el corazón):
"Señor Jesucristo, hoy reconozco con todo mi ser que Tú eres el único Dios verdadero, el Creador de los cielos y la tierra, y mi único Redentor. Perro no quiero llamarte 'Señor' solo con mis labios; hoy te entrego el trono de mi corazón.
Perdóname por las veces que he actuado bajo mi propia voluntad y en desobediencia a tu Palabra. Hoy me rindo ante ti. Que tu voluntad se haga en mi vida, en mi familia y en mi caminar diario. Enséñame a edificar mi casa sobre la Roca de tu obediencia. Te me entrego por completo como mi Dios, mi Salvador y mi único Señor. En el glorioso Nombre de Jesús, Amén."
Comentarios
Publicar un comentario