Santidad (Hebreos 12:14)

 
La santidad no es una lista de reglas para cumplir por obligación; es, sencillamente, el hermoso reflejo de la vida de Jesús en nosotros. Es dejar que su amor nos limpie y nos haga diferentes para poder ver su rostro cada día.

1. ¿Qué significa? Es el llamado a ser apartados para Dios.

Piensa en un vaso limpio y reservado exclusivamente para servir agua pura en la mesa. Así nos ve Dios: como vasijas limpias que Él quiere usar para llevar amor, luz y esperanza a un mundo que lo necesita.

2. Cómo se predica:
¿Qué significa? Cómo compartimos este valor con otros de forma que los anime y no los intimide.

 Se transmite con gracia. No se trata de señalar los errores de los demás, sino de testificar con nuestra propia vida cómo Dios nos ha transformado. 

Se trata de invitar a otros a conocer el gozo de una conciencia tranquila delante de Dios.

3. ¿Qué significa? Llevar la santidad de la iglesia a nuestra vida cotidiana.

 Es el reflejo de Jesús en lo pequeño y en lo oculto:
Al perdonar cuando es difícil.
Al hablar con verdad y amabilidad, incluso cuando nadie nos está viendo.
Al honrar nuestra familia y nuestro trabajo como si lo hiciéramos para el mismo Dios.

4. Qué sucede en nuestro espíritu cuando dejamos de lado este principio.

Es como dejar de limpiar el hogar o el jardín: poco a poco, el desorden y el polvo se acumulan y nos roban la paz. Al alejarnos de la pureza que Dios nos pide, perdemos la sensibilidad espiritual y nos distanciamos de esa comunión íntima y dulce que solo Él nos puede dar.

5. Una práctica sencilla para mantener nuestro espíritu encendido y firme.

Dedicar los primeros minutos de cada mañana a entregarle el día a Dios en oración, pidiéndole: «Señor, guarda mis ojos, mis pensamientos y mis palabras para que hoy todo lo que haga te agrade».

Cuando dejamos de lado la santidad en nuestro caminar, el alma pierde su sensibilidad y nos alejamos de la comunión íntima con Dios. Es como dejar que el polvo y el desorden se acumulen en el hogar: poco a poco, nos roba la paz y nos impide ver con claridad el propósito que Dios tiene para nosotros.

Al omitir este principio en nuestra vida diaria, ocurren tres consecuencias importantes para el espíritu:

Pérdida de la paz interior: La comunión con Dios trae descanso al corazón. Al alejarnos de su pureza, la ansiedad y las dudas comienzan a llenar el espacio que antes ocupaba su presencia.

Debilitamiento del testimonio: Nos volvemos iguales al entorno que nos rodea. Cuando nuestras acciones y palabras no reflejan el carácter de Cristo, perdemos la luz que estamos llamados a ser para quienes aún no le conocen.

Enfriamiento espiritual: El pecado y la falta de consagración actúan como una barrera. Poco a poco, el deseo de orar, de leer la Palabra y de congregarnos se apaga, y la voz del Espíritu Santo se vuelve cada vez más difícil de escuchar.

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