EL MISMO SENTIR QUE HUBO EN CRISTO
Filipenses 2-5
Evento: Culto de Clausura de la Semana Misionera SU VISIÓN, MI MISIÓN
Texto Bíblico: Filipenses 2:5
Enfoque: Compasión, Entrega y Compromiso Misionero
Introducción
Durante estos días hemos comprendido verdades eternas: entendimos que la misión es de Dios, que la iglesia fue enviada, y que el Espíritu Santo es quien dirige la obra.
Pero hoy, en esta gran clausura, Dios nos llama a mirar el modelo perfecto.
No basta con admirar las misiones desde las bancas; el Señor nos confronta para que nos convirtamos en participantes activos de Su visión.
El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Filipos, lanza un mandato que sacude los cimientos de nuestra comodidad:
«Haya, pues, en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Filipenses\ 2:5).
¿Qué significa tener el "sentir" de Cristo? Significa tener Su misma mente, Su misma carga, Sus mismos latidos. Jesús no vino a este mundo por comodidad; vino por amor.
Él dejó Su trono de gloria, se despojó de Sus prerrogativas divinas y se vistió de siervo con un único objetivo: buscar y salvar lo que se había perdido.
Hermanos, las misiones nacen y crecen únicamente cuando la iglesia siente lo que Cristo sintió.
La mayor evidencia de que Cristo verdaderamente vive en nosotros no son nuestros cantos ni nuestra teología; es que a nosotros también nos duele lo que a Él le duele: los perdidos.
Porque una cosa es segura: Cuando entendemos Su visión, vivimos nuestra misión.
Tres Ejemplos del Sentir de Cristo (Y cómo lo demostramos hoy)
Para encarnar este mandato, miremos tres escenas del ministerio de Jesús que revelan Su corazón compasivo y sacrificial, y cómo estamos llamados a replicarlas en pleno siglo XXI.
1. La Compasión ante las Multitudes Desamparadas
En Cristo: Mateo 9:36 nos dice que al ver a las multitudes, Jesús «tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor».
La palabra original para compasión aquí describe un dolor profundo en las entrañas. A Jesús le dolía ver el extravío espiritual de la gente.
Cómo lo demostramos hoy en día: Lo demostramos cuando dejamos de ver a la sociedad con ojos de juicio, crítica o indiferencia, y empezamos a mirarla con sensibilidad espiritual.
Mostramos el sentir de Cristo cuando el dolor de las familias destruidas, los jóvenes sumergidos en las adicciones y las personas sin esperanza en nuestra propia comunidad nos quita el sueño y nos mueve a las rodillas.
Demostramos compasión cuando nos duele saber que hay etnias enteras al otro lado del mundo que morirán hoy sin haber escuchado el nombre de Jesús por primera vez.
2. El Servicio Sacrificial que Rompe Barreras
En Cristo: En Juan 4, la Biblia dice que a Jesús «le era necesario pasar por Samaria».
Rompiendo prejuicios raciales, culturales y religiosos de Su época, se sentó junto a un pozo, cansado del viaje, para ofrecerle el Agua de Vida a una sola mujer rechazada por la sociedad.
Jesús entregó Su tiempo, Su energía y Su reputación por una sola alma.
Cómo lo demostramos hoy en día: Lo demostramos mediante el servicio sacrificial por la obra de Dios.
Implica salir de nuestra zona de confort y de nuestros círculos de amigos cristianos para ir al encuentro del marginado, del enfermo o del inmigrante.
Se demuestra cuando un profesional utiliza sus vacaciones o sus fines de semana para brindar brigadas de apoyo, o cuando un joven decide invertir su tiempo libre en levantar un proyecto de fe en un barrio vulnerable, entregando lo mejor de sí sin esperar nada a cambio.
3. La Entrega Total y la Ofrenda por Amor
El pasaje de Filipenses 2 continúa diciendo que Cristo «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (v. 8).
Cada milagro, cada enseñanza y, finalmente, Su sacrificio en el Gólgota, revelaron un corazón que no se guardó nada. Él lo dio todo: Su sangre, Su vida, Su todo.
Cómo lo demostramos hoy en día: Demostramos este sentir a través del compromiso tangible en oración y ofrenda.
No podemos decir que amamos la misión si no nos cuesta nada.
Lo demostramos cuando nuestras oraciones diarias dejan de ser egoístas y se convierten en un clamor ferviente por los misioneros que están sufriendo persecución en campos difíciles.
Y lo demostramos cuando abrimos nuestra mano con generosidad sacrificial para financiar el avance del Evangelio, entendiendo que nuestros recursos materiales le pertenecen a Dios y están destinados a rescatar vidas de las garras de la muerte.
El Desafío Final: Una Tarea Pendiente
Querida iglesia, esta semana misionera está terminando, pero la misión aún no termina.
Las luces de este templo se apagarán en un momento, pero allá afuera todavía existen pueblos enteros sin el Evangelio, familias destrozadas sin esperanza y corazones vacíos sin Cristo.
Mientras existan personas sin salvación, la iglesia del Señor tiene una tarea pendiente.
No podemos ser meros espectadores de la historia de la salvación.
La iglesia debe continuar avanzando con firmeza, con compasión y con entrega total, hasta que toda lengua, tribu y nación conozca y doble su rodilla ante el nombre glorioso de Jesús.
El desafío de hoy es directo: ¿Vas a permitir que el mismo sentir que habitó en el Salvador gobierne tu vida a partir de hoy?
Oración Compromiso de Clausura
Les invito a ponerse en pie. Oremos juntos con un corazón rendido al ejemplo supremo del Maestro:
«Señor Jesús, Redentor nuestro y Gran Misionero.
Hoy cerramos esta semana con el corazón quebrantado ante la majestad de Tu sacrificio.
Nos miramos en el espejo de Tu Palabra y te pedimos perdón por nuestra falta de compasión, por nuestra comodidad y por las veces que hemos cerrado los ojos ante el dolor de los que se pierden.
¡Oh, Cordero de Dios! Rogamos que en este mismo instante Tu Espíritu Santo sople sobre esta congregación y despierte en cada hombre, mujer, joven y niño el mismo sentir que hubo en Ti.
Danos Tu corazón compasivo para llorar por los perdidos.
Danos Tu espíritu de servicio sacrificial para ir a donde nadie quiere ir.
Danos Tu desprendimiento para ofrendar con gozo y para interceder sin desmayar por Tu obra.
Aceptamos el desafío, Señor. Nos comprometemos a no ser una iglesia estática, sino un cuerpo vivo en movimiento.
Oramos por los campos misioneros, por las naciones no alcanzadas y por nuestros propios vecindarios.
Envíanos a nosotros. Que nuestras vidas, nuestros recursos y nuestros dones sean combustibles para la expansión de Tu Reino.
Que cuando nos mires, puedas ver reflejado en nosotros Tu propio rostro de amor y tu entrega por la humanidad.
¡Hasta que Tú vengas, marcharemos en Tu nombre! En el nombre de Jesús, ¡Amén y Amén!»
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