HACER DISCÍPULOS ES LA MISIÓN 14-02-2026

Hacer discípulos de Jesús no es una idea moderna ni un programa opcional: es el corazón de la misión cristiana. La base más directa está en la Gran Comisión (Mateo 28:18–20): Jesús manda «hacer discípulos» mediante tres acciones inseparables: ir hacia las personas, incorporarlas por el bautismo y formarlas enseñándoles a obedecer todo lo que él mandó. El discipulado, por tanto, no se reduce a información bíblica; apunta a una vida transformada.

Los evangelios muestran que el discipulado comienza con un llamado concreto: «sígueme» (Marcos 1:16–20). Seguir a Cristo implica reordenar prioridades (Lucas 14:25–33), negar el yo y cargar la cruz (Lucas 9:23). Jesús formó discípulos de manera relacional y práctica: los invitó «para que estuvieran con él» y «para enviarlos» (Marcos 3:13–15). Les enseñó con su ejemplo de servicio y amor (Juan 13) y los envió a la misión con acompañamiento y corrección (Lucas 10).

La iglesia apostólica entendió el discipulado como un proceso comunitario que se realizaba en las casas: perseverar en doctrina, comunión, oración y vida compartida (Hechos 2:42–47), estimulándose mutuamente a las buenas obras (Hebreos 10:24–25). La meta era la madurez a la medida de Cristo (Efesios 4:11–16; Colosenses 1:28–29), por el poder del Espíritu (Juan 14–16; Gálatas 5). Y el fruto esperado era multiplicador: discípulos que forman discípulos (2 Timoteo 2:2).

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