EL LADRÓN EN LA CRUZ
El caso del ladrón en la cruz y el plan de salvación en el tiempo de la gracia.
El relato del ladrón en la cruz ha sido utilizado por muchos para afirmar que basta con creer en Jesús para ser salvo. Sin embargo, un estudio cuidadoso de las Escrituras muestra que aquel fue un caso excepcional de gracia en el tiempo de la ley, mientras que hoy, bajo el pacto de la gracia establecido después de la resurrección, la salvación requiere obediencia al Evangelio.
1. El caso del ladrón en la cruz: gracia en tiempo de la ley
El ladrón arrepentido (Lucas 23:39–43) fue salvado por la misericordia directa del Señor Jesucristo. Pero debemos entender que ese momento ocurrió antes de la muerte y resurrección del Salvador, cuando aún regía la dispensación de la ley. El nuevo pacto no se había inaugurado (Hebreos 9:16–17), el bautismo en el nombre de Jesús aún no había sido instituido, ni el Espíritu Santo había sido derramado (Juan 7:39). Por tanto, aquel acto fue un ejemplo de la gracia divina manifestada antes del establecimiento del Evangelio.
2. El tiempo de la gracia y el evangelio apostólico
Tras la resurrección, Jesús estableció las condiciones de salvación en el tiempo de la gracia: “El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado” (Marcos 16:16). Aquí el Señor unió la fe y la obediencia. Pablo reafirmó esta verdad al escribir: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9–10). Sin embargo, esta confesión implica una fe obediente, no una simple aceptación intelectual.
El plan de salvación según el Nuevo Testamento se resume así:
Usar el caso del ladrón como modelo doctrinal sería convertir un acto de misericordia en una excusa para no obedecer. La Escritura enseña: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Romanos 6:1–2). Y también: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). La salvación no es una simple declaración, sino una transformación profunda que nace de la fe obediente.
Conclusión
La gracia de Dios sigue siendo el regalo más grande para la humanidad, pero requiere una respuesta sincera y obediente. El Evangelio de Jesucristo no se limita a creer con la mente, sino a obedecer con el corazón. Por eso, hoy el llamado del Señor sigue vigente: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo (Efesios 4:5). Quien ha creído verdaderamente en Jesús obedecerá su Palabra, vivirá en santidad y aguardará con esperanza la vida eterna.
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