Llamados a discipular para transformar la sociedad
EL DISCIPULADO CRISTIANO COMO CLAVE PARA LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL
Desde el principio de la iglesia, predicar el evangelio es un mandato fundamental del cristianismo, lastimosamente no constituye el final del camino. El verdadero impacto del mensaje de Cristo se alcanza mediante el discipulado: mediante una formación continua, relacional y práctica que transforma al individuo llevando como fin que, a través de él, la sociedad pueda cambiar. En este artículo se trata de argumentar que la predicación sin discipulado puede resultar en una fe superficial, que no produce cambio, mientras que el discipulado forma creyentes maduros capaces de generar cambios espirituales y sociales profundos.
Qué nos encomendó Jesús
Observemos que la Gran Comisión de Jesús, registrada en Mateo 28:19-20, no solo ordena «predicar el evangelio», sino «hacer discípulos de todas las naciones». Sin embargo, es lamentable, muchas iglesias y ministerios han enfatizado la proclamación del mensaje por encima del proceso de formar seguidores comprometidos.
Este desequilibrio ha limitado el poder transformador del cristianismo en el ámbito social. La historia, la teología y la praxis nos muestran que para provocar un cambio real, tanto en las almas como en las estructuras sociales, es necesario un enfoque integral que combine evangelización con discipulado, por eso Jesús es el vivo ejemplo que él predicaba y formaba un remanente para seguir la comisión después de él.
La predicación abre la puerta a la transformación
Predicar el evangelio es esencial. Romanos 10:14-15 subraya la necesidad de proclamar para que otros crean. Sin embargo, cuando el énfasis recae exclusivamente en el acto de anunciar, se corre el riesgo de crear creyentes nominales sin raíces profundas. La predicación, por sí sola, puede producir conversiones emocionales, pero sin el acompañamiento de un discipulado sólido, estas decisiones tienden a no perdurar.
Además, la predicación muchas veces se realiza en contextos públicos o impersonales. Aunque poderosa, esta forma de comunicación no suele ofrecer el acompañamiento que las personas necesitan para internalizar la fe y traducirla en acción concreta. Aquí es donde el discipulado se convierte en un pilar fundamental.
El discipulado consolida y respalda la predicación
El discipulado es un proceso relacional sin un final en sí mismo, que implica la intencionalidad de la enseñanza, corrección, mentoría y modelado de vida cristiana llevando a una formación integral del creyente. Jesús no solo predicó, él fue intencional, modelo a sus discípulos una forma de vida les enseñó con el ejemplo, les dio responsabilidades progresivas y los acompañó en su desarrollo social, espiritual y emocional.
Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, advierte contra una «gracia barata», entendida como una fe sin compromiso, sin discipulado (Bonhoeffer, 2009).
En cambio, la gracia verdadera conlleva obediencia y transformación de vida. Este tipo de discipulado produce creyentes maduros que, además de tener una fe sólida, están capacitados para influir positivamente en su entorno.
Dando un vistazo a la actualidad podemos evidenciar que, está marcada por crisis sociales, violencia, desigualdad y pérdida de valores, la necesidad de un discipulado que forme agentes de cambio es más urgente que nunca, lo necesitamos ya.
El discipulado no solo edifica al creyente para combatir y crecer en la gracia y la misericordia de Dios, sino que le impulsa a actuar con justicia, compasión y verdad en todos los ámbitos de la sociedad, llevando en su carne las marcas de Cristo y su amor por la humanidad.
El discipulado nos hace producir un fruto social
La transformación espiritual y la transformación social no están separadas. El verdadero discipulado produce fruto en todas las esferas de la vida: familia, trabajo, política, educación, cultura. Cuando los discípulos de Cristo entienden su rol como sal y luz del mundo (Mt. 5:13-16), comienzan a vivir su fe de forma activa, ética y comprometida con el bien común.
Ejemplos históricos de transformación social impulsada por el discipulado abundan: desde el movimiento abolicionista liderado por cristianos como William Wilberforce, hasta programas de restauración comunitaria en barrios marginales contemporáneos liderados por iglesias locales. Estos movimientos no surgieron solo de la predicación, sino del discipulado que impulsó a los creyentes a actuar.
El teólogo Christopher Wright afirma que la misión de Dios incluye tanto la redención espiritual como la restauración de la justicia en la tierra (Wright, 2010).
De esta visión integral nace un discipulado que no separa el alma del cuerpo, ni la fe de la justicia.
El discipulado siempre afrontará obstáculos para transformar la sociedad
Primero, uno de los principales obstáculos para un discipulado eficaz es el modelo eclesiástico centrado en eventos dominicales, personas que su crecimiento espiritual se limita a escuchar sermones una vez a la semana, sin un seguimiento y compañerismo.
Lo que ha llevado al cristianismo al individualismo moderno y con ello ha debilitado los vínculos comunitarios necesarios para el acompañamiento espiritual y formación.
Los sistemas modernos, el trabajo y las presiones sociales, nos da un segundo obstáculo que es la falta de formación de líderes dispuestos y capacitados para discipular a otros, porque la mayoría estamos muy ocupados.
Muchas iglesias no han desarrollado sistemas intencionales de mentoría, enseñanza bíblica profunda y participación en la sociedad.
Por último, el temor de la iglesia a no involucrarse en temas sociales por miedo a la politización o a perder miembros ha paralizado la acción de muchas comunidades de fe. Sin embargo, discipular implica enseñar a los creyentes a aplicar el evangelio en contextos reales, incluyendo aquellos marcados por injusticia, conflicto y la persecución.
Jesús dio autoridad a su iglesia para ser discipuladora
Para recuperar el poder transformador del evangelio en nuestra sociedad, es necesario volver al modelo de discipulado que Cristo nos dejó:
Las relaciones auténticas: Fomentar grupos pequeños donde se pueda vivir la vida cristiana en comunidad, con honestidad, corrección y apoyo mutuo.
La formación teológica accesible: Capacitar a los creyentes en la Palabra y en principios de acción social, ética y liderazgo.
La mentoría y acompañamiento: Establecer estructuras para que los nuevos creyentes sean guiados por cristianos maduros.
El compromiso social intencional: importante es enseñar a los discípulos a ver sus lugares de influencia como campos misioneros: el trabajo, la universidad, el vecindario.
En conclusión, la autoridad delegada por Jesús está sobre la iglesia cuando ella predica y discipula, en otras palabras, vive la gran comisión.
El resultado es una comunidad de creyentes maduros, activos, solidarios y transformadores. Estos discípulos no sólo cambian su entorno espiritual, sino también social.
El evangelio tiene poder, sí, tiene poder para cambiar vidas, pero este poder se realiza plenamente cuando no solo se predica, sino que se vive y se enseña.
El discipulado es la herramienta mediante la cual los creyentes se convierten en agentes de transformación, capaces de impactar su entorno con justicia, amor y verdad. Solo así veremos un cambio real en nuestras comunidades, y no simplemente iglesias llenas, sino sociedades renovadas por el reino de Dios.
Fuentes y referencias
Bonhoeffer, D. (2009). El costo del discipulado. Ediciones Sígueme.
Wright, C. J. H. (2010). La misión de Dios: Desenterrando la gran narrativa de la Biblia. Kairos.
Ortiz, M. (2015). El discípulo: Formación integral para la misión. Editorial CLIE.
Hirsch, A. (2006). The Forgotten Ways: Reactivating the Missional Church. Brazos Press.
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