El culto, una oportunidad para encontrarse con Dios y con la gente. 22-06-25

Culto Transformador Según el Modelo de Nehemías: Nutrición Espiritual para la Vida Integral

Podemos comparar la participación y experiencia del culto con la práctica de la alimentación diaria de cada persona para satisfacer su hambre. El alimento le permitirá sobrevivir, recobrar su vigor para realizar sus tareas diarias, mantener su salud y afrontar satisfactoriamente las enfermedades. De igual manera, el cristiano requiere alimentarse espiritualmente para crecer en forma saludable en su fe en Cristo Jesús.

Sin embargo, así como el alimento natural debe ser nutritivo para conservar la salud de la persona; el culto debe ofrecer un menú con una variedad de elementos y prácticas cúlticas nutritivas para edificar la vida integral de la comunidad de fe. Esto implica satisfacer las necesidades espirituales, sociales, intelectuales, afectivas, materiales, etc., de los integrantes de la iglesia.

El apóstol Pablo les escribió a los corintios y expuso algunas directrices sobre el culto público destacando las tres finalidades de una celebración, que son: edificar, animar y consolar (1 Cor. 14:3). El culto es una celebración donde el participante tiene un encuentro con Dios, con su Palabra y con los miembros de la comunidad de fe para fortalecer los vínculos de amistad cristiana.

En una congregación, los encargados de dirigir el culto público deben preguntarse:

¿Cómo planificar de manera intencional una celebración que sea edificante?
¿Qué elementos debe tener un culto para edificar, animar y consolar a los integrantes de la comunidad de fe?
¿Quiénes pueden participar en el culto para nutrir a los miembros de la iglesia?

Nehemías es considerado como líder que dirigió a los judíos después del exilio babilónico a reconstruir los muros de la ciudad de Jerusalén; sin embargo, es mejor conocerlo como el reformador y restaurador de la nación judía. En los primeros capítulos del libro que lleva su nombre planificó la construcción de los muros, organizó al pueblo para que juntos se dedicaran a esta magna tarea e impartió directrices para que los habitantes de Jerusalén fueran solidarios con los pobres de la ciudad. Posteriormente, cuando «la muralla fue terminada» (Neh. 6:15), convocó y reunió a «todo el pueblo» para realizar un culto.

Este culto contiene algunos elementos cruciales para considerar en la planificación de una celebración pública.

I. Una Celebración que Promueve la Unidad (Neh. 8:1)
El culto descrito en este capítulo se llevó a cabo en un contexto de restauración de la ciudad. Antes de la llegada de Nehemías a Jerusalén, el pueblo y sus dirigentes estaban desunidos y eran avasallados por el oprobio, escarnio y la burla de los enemigos (2:17); pero Nehemías logró conjuntarlos y unirlos para que reconstruyeran las diferentes secciones de la muralla (Neh. 3). Esta unidad nacional se reforzó en el culto público que convocó.

Aquellos que planifican, elaboran y ejecutan el culto deben promover la unidad de los participantes; deben pronunciar palabras de bienvenida, frases que animen al compañerismo y oraciones que estimulen la armonía de la iglesia. Esto implica renunciar a las actitudes despectivas hacia un sector de los asistentes para unir diferentes clases sociales, culturales, económicas o educativas. El apóstol Santiago reprende a los dirigentes de la iglesia, quienes con una actitud de «favoritismo» hacia los ricos y con «discriminación» (2:4) despreciaban a los pobres que asistían a las reuniones de la iglesia; de esta manera, los juzgaban «con malas intenciones». El culto público debe promover la unidad del pueblo de Dios.

II. Una Celebración que Promueve la Lectura y Predicación de la Palabra de Dios (Neh. 8:2-5)
En el culto que organizó Nehemías, le pidió al «maestro Esdras», quien era «versado en la ley que el Señor, Dios de Israel, le había dado a Moisés» (Esd. 7:6), y como «sacerdote» leyó todo el día la ley de Dios «desde el alba hasta el mediodía». Es digno de señalar que el culto centró su atención en la Palabra de Dios. El culto público debe destacar la relevancia del mensaje de Dios a la congregación.

El mensaje debe ser pertinente a la ocasión, responder a las necesidades de la congregación y desafiarlos a tomar la decisión para aplicar dicho mensaje. Sin embargo, si el mensaje no es comprensible, los oyentes del culto no lo entenderán o pueden caer en el peligro de implementarlo erróneamente. Interesantemente, la exposición de la ley de Dios en el culto mencionado para evitar errores de interpretación y aplicación, se realizó con explicación: «explicaban la ley al pueblo… ellos leían con claridad el libro de la ley de Dios y la interpretaban de modo que se comprendiera su lectura» (8:8-9).

La claridad de la exposición bíblica de manera entendible en el culto edifica a los asistentes. En el pasaje se menciona «que todo el pueblo» aplicó con alegría el mensaje de la ley del Señor «porque habían comprendido lo que se les había enseñado» (8:12). ¡Dichosa la congregación cuyos dirigentes exponen la Palabra de tal manera que es comprensible a la mente de los participantes del culto, que la asimilan en sus vidas y la interiorizan en sus corazones para aplicarla en su diario vivir!

El apóstol Pablo describe su ministerio de predicación como hablar «de parte de Dios y delante de Dios» (2 Cor. 2:17 LBLA). Luego, en su mensaje de despedida les recordó a los ancianos o pastores de la iglesia de Éfeso que él se había dedicado a «predicar todo lo que les fuera de provecho» (Hch. 20:20) y los animó a predicar el «mensaje de la gracia» (Hch. 20:33) de Dios; es decir, que evitaran manipular o tergiversar el mensaje con legalismo deshumanizante o con falsas interpretaciones que no se ajustan a la sana exégesis. Asimismo, les recordó que el mensaje de la gracia de Dios revelada en Cristo «tiene poder para» edificar a los asistentes al culto. En este aspecto, la predicación del culto público debe estar centrada en enfatizar la persona del Señor Jesús y el mensaje del evangelio del reino de Dios. Como lo afirma John Stott: «La salvación se alcanza mediante la fe en Jesús. Si la Escritura tiene que ver con la salvación y la salvación mediante Cristo, la Escritura está llena de Cristo».

III. Una Celebración que Promueve la Alegría de los Asistentes (Neh. 8:9-12)
Probablemente, los asistentes de la celebración que convocó Nehemías, al escuchar la ley de Dios se sintieron compungidos, afligidos y tristes por «sus propios pecados y la maldad de sus antepasados» (cf. 9:1-3). Ellos reconocieron que habían ofendido a Dios y quebrantaron el pacto. En este ambiente de tristeza, Nehemías y los dirigentes del culto animaron al pueblo a abandonar la tristeza y abrazar «el gozo del Señor» (8:9). Se aprecia que los líderes no manipularon las emociones de los asistentes para que confesaran sus faltas y pecados. La tristeza experimentada fue la respuesta a la Palabra de Dios. Asimismo, se aprecia que animaron al pueblo a sustituir la tristeza por «el gozo del Señor» porque el gozo y la alegría es una «fortaleza» emocional y espiritual para enfrentar las adversidades de la vida.

Los dirigentes de las celebraciones deben tener presente que algunos asistentes a los cultos sufren los embates de una cultura anticristiana; que experimentan conflictos en los lugares donde laboran; que los conflictos familiares los desgastan emocional y espiritualmente, etc. En este contexto, el culto es como un oasis espiritual donde sus asistentes refrescan sus corazones en «el gozo del Señor», que está vivo y puede convertir el «lamento en danza» y quitar «la ropa de luto» por el «vestido de fiesta» (Sal. 30:11). El culto es un tiempo donde los asistentes afligidos y tristes experimentan la «alegría en su presencia» (Sal. 16:11, cf. Stg. 5:13-14). ¡Dichosa la iglesia que promueve un ambiente de paz, serenidad y alegría en sus celebraciones!

IV. Una Celebración que Promueve la Acción Social (Neh. 8:10-12)
Al llegar a la culminación del culto, Nehemías y los levitas despidieron a sus asistentes, pero antes de retirarse los animaron a ir a sus respectivos hogares, que se alimentaran «bien» y que compartieran «su comida con quienes no tienen nada». La dinámica de un culto no debe ser una actividad social y espiritual aislada o desencarnada de la vida familiar y social de sus asistentes. El culto ofrece la oportunidad para promover la solidaridad de sus miembros hacia el necesitado, la empatía hacia los miembros de la familia y estimular la buena disposición de ayudar a los compañeros de trabajo. El culto debe desafiar a los asistentes a 
ser una bendición a la familia y a la sociedad con el testimonio, la evangelización y las buenas obras.

De la iglesia dirigida por los apóstoles se dice: «No dejaban de reunirse unánimes en el Templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad». Dicha dinámica de esta congregación provocaba un impacto en la sociedad, de tal manera que tenía «la estimación general del pueblo» (Hch. 2:46-47).

V. El Servicio a Dios en la Vida Cristiana
El culto no es un fin en sí mismo, sino un medio para equiparnos y motivarnos al servicio a Dios en nuestro día a día. La adoración en el templo debe llevarnos a una vida de adoración activa a través de nuestras acciones y nuestro compromiso. El servicio no es solo una actividad de la iglesia, sino la manifestación tangible de nuestra fe y gratitud hacia Dios.

Nuestra Biblia nos enseña que el servicio es una parte integral de la vida del creyente:

Romanos 12:1 (NVI): "Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios." Este versículo nos llama a una adoración que se traduce en una vida de servicio, presentando cada aspecto de nuestra existencia como una ofrenda a Dios.

Mateo 25:40 (NVI): "El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos más pequeños, por mí mismo lo hicieron.”" Jesús identifica el servicio a los más necesitados como un servicio directo a Él.
Colosenses 3:23-24 (NVI): "Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor." Este pasaje eleva cada labor, por pequeña que sea, a un acto de servicio divino si se realiza con un corazón para el Señor.

1 Pedro 4:10 (NVI): "Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas." Se nos exhorta a usar nuestros dones y talentos no para nuestro propio beneficio, sino para el bien de los demás, en servicio al cuerpo de Cristo y a la humanidad.
El culto nos inspira y nos prepara para esta vida de servicio. Es el lugar donde somos nutridos por la Palabra y el Espíritu para luego ser enviados a impactar nuestro entorno con el amor de Cristo. Un culto transformador nos impulsa a vivir una fe que se extiende más allá de las paredes del templo, manifestándose en actos concretos de bondad, justicia y compasión.

Conclusión
Estos aspectos del culto que hemos estado analizando, desafían a los dirigentes de culto a exponer la Palabra de Dios con claridad para ser aplicada en la vida diaria de los asistentes del culto, que disfruten de la alegría del Espíritu Santo y que los adiestre para impactar a la familia y la sociedad a través de un servicio auténtico y transformador.

¿Estamos permitiendo que nuestros cultos nos transformen de tal manera que cada aspecto de nuestra vida se convierta en un acto de adoración y servicio a Dios?

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