6. VOLVER AL PRINCIPIO

Así como el Sumo Sacerdote rociaba siete veces la tierra con la sangre del animal del sacrificio, de la misma manera Jesús roció siete veces la tierra con su sangre. Al igual que Pedro, el escritor de la carta a los Hebreos escribe que Dios nos invita a ser rociados con la sangre de Jesús: «Os habéis acercado a Jesús y a la sangre rociada» (Hebreos 12:24).

Por supuesto, no significa que debamos ser rociados con sangre literalmente. 

Nos surge la pregunta de qué significa esto para ti y para mí. Para encontrar la respuesta tenemos que volver al principio.

 En el primer libro de la Biblia leemos que Dios formó a Adán (Adam en hebreo) de la adamá (la tierra). Puede ver que hay una conexión entre la palabra hebrea Adam y adamá. 

La Biblia nos dice que el maligno engañó a Adán y Eva y pecaron, por lo que el pecado entró en su adamá ―su naturaleza humana― y se volvieron completamente pecadores. Perdieron el dominio que Dios les había dado y no pudieron salir por sí mismos de las garras del pecado. Sus hijos nacerían bajo el dominio del pecado y llenarían la tierra de pecado, iniquidad, sufrimiento y muerte. 

Somos hijos de Adán. Tras la Caída, el pecado y la muerte se convirtieron también en nuestros amos. David concluyó: «Todos están perdidos, corrompidos sin excepción, no hay quien haga el bien, ni uno solo» (Salmo 53:4, BLP). Es un lenguaje duro. Adán y Eva pudieron transmitir la vida natural tras la Caída, pero no la espiritual. Todos los hijos de Adán nacen muertos espiritualmente, por lo que es imposible tener una relación personal con Dios. Para ello, fue y es necesario un milagro: el milagro de la cruz. En los próximos días te ayudaré a descubrir lo que esto significa para ti.

PREGUNTA: ¿Cómo notas los efectos de la Caída en tu propio corazón? ¿Podrías superarlos?

Jesús vino para llevarte a Dios, su Padre, a través del milagro de la cruz. «Ser rociado con la sangre del Señor Jesús» (Hebreos 12:24) no es un ritual mágico, es una realidad espiritual. Hay una canción que dice: «Hay poder en la sangre del Cordero». Para entender esto es importante saber algo sobre la lengua hebrea en la que se escribió la primera parte de la Biblia. 

La palabra hebrea para sangre es dam; la encontramos en Adam (ser humano) pero también en adamá (tierra). Como hijos de Adán, se nos invita a que nuestra adamá ―nuestra naturaleza pecaminosa― sea rociada con la dam ―la sangre del Señor Jesús―. A través de «la sangre del Cordero» somos 1) perdonados, 2) purificados, 3) redimidos, 4) sanados, 5) liberados y 6) reconciliados con Dios, 7) para que recibamos una vida completamente nueva a través de Jesucristo (la Biblia llama a esto «nacer de nuevo»). Los siete milagros de la cruz forman juntos una renovación saludable.

Jesús en su Pasión se hizo uno contigo y conmigo en todos los aspectos. Al seguir a Jesús en las últimas 18 horas de su vida, te haces uno con Él si crees y confiesas que Él pasó por esta agonía también por ti, permitiéndote recibir los siete milagros de la cruz. 

Permíteme llevarte mañana al huerto de Getsemaní, donde la sangre de Jesús roció la tierra por primera vez. Personalmente, yo creo que este es el milagro más impresionante que Dios ha hecho también por mí.

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