SEMBRAR EN EL CORAZÓN DE UN NIÑO
El que siembra en el corazon de un niño la palabra de Dios para formarlo en los caminos del Señor debe tener fe en que Dios hará la obra y la perfeccionará”
En esta ocasión hablaremos de la siembra de la buena semilla, la palabra de Dios, en el corazón del niño.
Por lo tanto, sembrar por fe es el tema en el que nos enfocaremos. Cuando se empieza la siembra, el sembrador debe orientarse en la constancia y no desmayar, para que más adelante pueda ver los frutos de la obra del Espíritu Santo.
Así mismo, los padres, pastores y maestros de Escuela Dominical podrán ver los efectos de un carácter bien formado en la vida de los niños que Dios puso en sus manos, basado en la buena semilla de los principios bíblicos.
«Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios» (Lucas 8:11). El que siembra en el corazón de un niño la palabra de Dios para formarlo en los caminos del Señor debe tener fe en que Dios hará la obra y la perfeccionará.
«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Corintios 3:6-7).
Un ejemplo de la tarea constante fue el de Jocabeb, madre biológica de Moisés, que se encargó de criarlo durante su niñez y de sembrar en el corazón de él los principios que lo llevaron a ser un hombre fiel y temeroso de Dios. « Y la hija de Faraón respondió:
Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crio» (Éxodo 2:8-9).
Ella tuvo la oportunidad de criar a su hijo y sembrar la buena semilla en el corazón del niño Moisés.« Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios...
porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Hebreos 11:24-26).
Esto nos dice que los resultados de la buena semilla sembrada por Jocabeb en la vida de Moisés fueron evidentes.
«Si quieres sembrar, no te quedes mirando al viento; si quieres cosechar, no te quedes mirando al cielo. Hay que sembrar en la mañana, y volver a sembrar en la tarde. Nunca se sabe cuál de las dos siembras será mejor, o si las dos serán abundantes» (Eclesiastés 11:6. TLA).
Cuidando la semilla
No vale de nada sembrar la semilla y dejarla sin cuidado. «Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven» (Lucas 8:12).
Es así como los niños se ven expuestos a las malas compañías que vienen con una mala semilla y esta genera en su corazón frutos de maldad, llevándolos a la drogadicción, la inmoralidad, el uso de palabras malas y ofensivas, al crimen, el hurto, la mentira, la venganza, entre otros.
Es decir, que aun cuando oyeron la palabra de Dios durante su niñez, no fue cuidada la semilla y vino el enemigo y quitó de su corazón la palabra dejando ellos de creer y obedecer.
Según la parábola del trigo y la cizaña, debemos estar muy alertas, para que el enemigo no dañe nuestro cultivo, sembrando la mala semilla. «Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña» (Mateo 13:25-26) Por eso, una gran cantidad de adolescentes se apartan del camino del Señor, dado que en su niñez aun cuando se sembró la buena semilla, no hubo constancia del sembrador en la enseñanza de la palabra de Dios, por lo cual no creció raíz.
«Los de sobre la piedra son los que, habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan» (Lucas 8:13).
La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto» (Lucas 8:14).
Este pasaje sirve de referencia a la situación en la que los niños crecen en el Evangelio, pero sus padres dan prioridad a sus negocios, el dinero, el trabajo o las ocupaciones, dejando de lado la asistencia a los cultos, la formación de sus hijos en los principios cristianos y su ejemplo no es el de una persona que está formando a su hijo espiritualmente.
Entonces, el niño crece y en su adolescencia lleva la idea de preferir los placeres de la vida, dado que fue el ejemplo recibido, y muchos se apartan.
Es importante que como padres, pastores y maestros de Escuela Dominical no dejemos de formar al niño en el camino del Señor de manera persistente, como lo dice la Biblia:
«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deuteronomio 6:6-9).
El sembrador nunca desistió de enseñar la palabra de Dios; siempre esperó y tuvo la confianza en que iba a encontrar buena tierra.
Es por esto por lo que debemos confiar en la enseñanza impartida a nuestros hijos o alumnos de Escuela Dominical, porque ella hará lo que Dios la envió a hacer: «así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié» (Isaías 55:11).
Esto hace referencia a aquellos niños en los que se siembra la semilla y dan mucho fruto, crecen en los principios y valores cristianos y llegan a ser muy estables en su vida espiritual. «Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia» (Lucas 8:15).
Son muchos los niños que iniciaron su vida espiritual en la iglesia y hoy son personas mayores y, aun así, siguen perseverando y dando mucho fruto, porque la semilla cayó en buena tierra; porque tuvieron padres, pastores y maestros que nunca desmayaron en la labor; es decir, fueron formados y se desarrollaron con un corazón dispuesto para agradar a Dios en todo lo que hacen.
Por lo cual, hoy, resaltamos la importancia y reconocemos la valiosa labor de quienes sembraron la buena semilla que es la Palabra de Dios.
«El sembrador nunca desistió de enseñar la palabra de Dios; siempre esperó y tuvo la confianza en que iba a encontrar buena tierra.»
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