SANIDAD INTERIOR
Hoy quiero ayudarte a comprender el tercer milagro de la cruz. Hebreos 9:14 (DHH) dice: «La sangre de Cristo limpia nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para que podamos servir al Dios viviente». La palabra griega para ‘conciencia’ también se traduce como ‘conocimiento’. Los recuerdos del pecado se almacenan en nuestra (sub)conciencia. Lo que ven nuestros ojos una vez puede repetirse en nuestra memoria mil veces. Los recuerdos del pecado pueden perseguirnos en forma de pesadillas, experiencias revividas o flashbacks, como también experimentó el rey David. En el Salmo 51:5, dice: «Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado».
Tu conciencia almacena no solo el recuerdo del pecado, sino también el dolor que acompaña al recuerdo del pecado. Los asistentes sociales profesionales y los consejeros pastorales encuentran difícil o imposible acceder a este dolor, porque reprimimos los recuerdos dolorosos, sobre todo para poder sobrevivir. A través de los años he visto cómo Dios puede hacer lo imposible y limpiar tu conciencia capa por capa con la sangre del Señor Jesús. El Espíritu Santo acude y toca amorosamente el dolor que acompañaba al recuerdo del pecado, produciendo así la sanación interior. Consecuentemente, adquieres la capacidad de no volver a pensar en ello.
Dios nos promete: «Perdonaré su maldad y no volveré a acordarme de su pecado» (Jeremías 31:34, RVC). La palabra hebrea usada significa ‘traer algo a la memoria’, así que Dios tiene la capacidad de no recordarlo más. Esto es lo que ocurre contigo cuando el Señor Jesús te limpia la conciencia, adquieres tú también la capacidad de no tenerlo presente en tus pensamientos.
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