Me encanta esta declaración como título.
Al fin y al cabo, no es que Jesús fuese víctima de su éxito, como uno de los muchos luchadores por la libertad en este mundo. Jesús no murió asesinado, como otros grandes líderes.
Él fue claro al respecto. Una semana antes de morir, dijo: «El Padre me ama porque yo doy mi vida para volverla a recibir. Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla. Esto es lo que me ordenó mi Padre» (Juan 10:17-18, DHH).
Esto es evidente en la escena cuando Judas se acerca a Jesús en plena noche con unos doscientos soldados bien provistos de armas, con antorchas y lámparas para arrestarle. «Jesús, que sabía perfectamente todo lo que iba a sucederle, salió a su encuentro y les preguntó: ¿A quién buscáis?» (Juan 18:4, BLP).
Cuando Jesús hacía una pregunta, no lo hacía porque no supiera la respuesta. Si Jesús hacía una pregunta, era porque quería que aprendiésemos algo.
Los soldados contestaron: «A Jesús el Nazareno». A lo que Él responde con dos palabras: «¡YO SOY!».
Salió tal fuerza de esas palabras que la guardia judía del templo, los principales sacerdotes y sus siervos se echaron para atrás y cayeron a tierra. ¡Qué despliegue de poder! ¡Ni siquiera pueden apresar a Jesús!
El poder sobrenatural que hace que los hombres se desplomen está en la respuesta que da Jesús.
Literalmente dijo: ego eimi (‘Yo soy’). Son las mismas palabras con las que Dios se reveló a Israel. (Exodo 3-14)
En dos palabras, Jesús deja claro que Él y Dios Padre son uno y el mismo ser, demostrando su grandeza al mostrar su poder a los gobernantes de esta tierra.
PREGUNTA: ¿Puedes describir quién es Jesús para ti?
Vemos que Jesús tenía el control absoluto sobre la situación la noche antes de morir. En el momento en que los soldados, provistos de armas, con antorchas y lámparas, cayeron al suelo por el poder de Dios, se desató el caos total. ¿Te lo puedes imaginar? En ese momento, Pedro ve su oportunidad. Quiere poner en práctica lo que había dicho antes: «Señor, no solo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel, sino también a la muerte» (Lucas 22:33, RVC).
Pedro se ha preparado bien, pues lleva una espada bajo la túnica. Cuando los soldados intentan acercarse, él ataca al que tiene más cerca. Resulta ser Malco, siervo personal del sumo sacerdote Caifás. Pedro probablemente intenta cortarle la cabeza, pero Malco salta hacia un lado, justo a tiempo, de tal manera que solo le corta la oreja derecha. La sangre le brota de la cabeza. Grita.
¿Y qué hace Jesús en medio del caos? Se enfrenta a Pedro: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y Él pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles?» (Mateo 26: 52-53, LBLA).
Doce legiones de ángeles, es decir, nada menos que 72.000 ángeles que ayudarían a Jesús si se lo pidiera. Pero, ¿qué hace Jesús? Recoge la oreja y la coloca milagrosamente en la cabeza del siervo del sumo sacerdote.
En el caos de esta noche, Jesús hace un milagro de creación. Luego les mostraré que cuando Jesús hace un milagro, lo hace siempre por una razón.
PREGUNTA: En cada momento de las últimas 18 horas, Jesús tuvo pleno control de la situación. Por lo tanto, puedo confiarle mi vida por completo. ¿Y tú?
Comentarios
Publicar un comentario